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¿Tu negocio no termina de arrancar?

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Cuando el problema se vuelve personal: cómo mantener el enfoque

Alguien señala un problema concreto en medio de una conversación de trabajo. No lo hace con mala intención, pero algo se activa igual. La atención se desplaza rápido: del tema al tono, del contenido a la persona, de lo que pasó a lo que eso dice de alguien. En cuestión de segundos, la conversación ya no gira en torno al problema inicial, sino alrededor de emociones, defensas y malentendidos que nadie planeó traer a la mesa.

Puede que nunca hayas tenido exactamente esta conversación, pero te apostamos una cena en el mejor restaurante que te puedas imaginar, a que has escuchado o has presenciado bastantes situaciones como esta. 

Mientras una persona menciona un problema, la otra persona ya se lo tomó personal, se ofendió y luego, responde de forma indignada. Así las cosas, la conversación se descarrila, los interlocutores resultan seriamente disgustados y no se logra nada al final de la reunión.

Sucede en todas partes, todo el tiempo. Es bien sabido lo improductivo que es y ni hablar de la pérdida de tiempo y energía que implica. Sin embargo, la mayoría de la gente sigue cayendo una y otra vez en la misma trampa.

En esta guía, te mostraremos una mejor manera de manejar estas situaciones. Una que te ayudará a colaborar mejor con tu equipo de trabajo, resolver más problemas, tener más paz en tu vida empresarial y generar confianza con los demás.

¿Qué ofrece esta herramienta?
Una guía práctica
¿Para qué sirve?
Para reducir tensiones innecesarias y volver a los hechos cuando una situación se empieza a cargar de interpretaciones personales.
¿Cuándo puede ser útil?
Cuando una conversación se carga de juicios personales y te resulta difícil volver a lo que realmente está pasando.
¿Cómo usarlo?
Como apoyo concreto para pensar, probar y ajustar, usando solo las partes que te sirvan según tu situación.

El qué vs el quién

“Centrarse en el qué”, significa concentrarte en el problema, asunto o tarea en cuestión, en lugar de culpar o criticar a la persona o grupo de personas involucradas. 

Se trata de comprender los hechos, identificar soluciones y utilizar tanto la lógica como la razón para abordar la situación. Requiere de un análisis objetivo de la situación, dejando de lado las emociones mientras se colabora para resolver los problemas, en lugar de centrarte en los fallos personales.

Esta es una habilidad que conduce a una mejor comunicación, mejores resultados y un mejor estado de ánimo. Es de trascendental importancia para el entorno empresarial, porque resolver problemas de manera rápida y eficiente es lo que mantiene un negocio funcionando sin problemas. Entre los líderes y gerentes, este principio es aún más crucial. (Seguramente habrás visto de primera mano con qué rapidez un “líder” puede desinflar la moral de todo un equipo de trabajo, solo con unas pocas palabras descuidadas, desobligantes y malintencionadas).

Si trabajas con empresas norteamericanas o europeas, esta habilidad es absolutamente esencial. Por ejemplo, distraerte con asuntos personales durante los momentos críticos es un verdadero problema en la cultura empresarial estadounidense, porque se considera poco profesional y contraproducente.

¿Qué sucede cuando nos centramos en el quién?

En América Latina, donde las relaciones personales son fundamentales, puede resultar realmente difícil separar lo que está sucediendo de aquel que está involucrado en la situación. A veces eso es algo bueno. Cuando las cosas van bien, ese enfoque en las relaciones nos ayuda a vincularnos entre nosotros y refuerza la importancia del grupo.

Pero cuando surgen problemas, ese mismo enfoque en las personas puede llevarnos a personalizar el problema, ofendernos, culpar a los demás, enfrentarnos por diferentes perspectivas y gastar mucha energía mental y emocional en defendernos. Y luego, cuando todo se calma, el problema original sigue ahí y necesita ser resuelto. 

Nos gustaría sugerir que hay un momento y un lugar para centrarse en el quién. De hecho, esta es una parte realmente importante de una buena gestión. Pero debería suceder cuando las cosas están en calma y se tiene cabeza fría, no cuando hay un problema en curso que se debe resolver.

Tres escenarios del mundo real

Ya hemos hablado mucho de la resolución de problemas. Veamos ahora algunos ejemplos en los que con la técnica de “centrarse en el qué” se hace una gran diferencia:

Escenario 1: Manejo de los comentarios negativos

Carlos recibe duras críticas de un nuevo cliente, quien le dice: “Su presentación fue terrible. Esto no es lo que esperábamos de usted”.

Centrándose en el quién:

Carlos se toma los comentarios como algo personal, se enfurece y se siente insultado. En su siguiente reunión, actúa a la defensiva y da un ultimátum, pensando: “¿Para qué intentarlo? Aquí ya no hay nada que hacer”.

Centrándose en el qué:

Carlos se centra en el qué en lugar del quién. Reconoce la situación con calma, analiza los comentarios y le pregunta a su cliente: —“¿Puede decirme de manera detallada, qué partes específicas de la presentación no cumplieron con sus expectativas? Me gustaría mejorarlos”. 

Al pedir sugerencias concretas, Carlos convierte el comentario sesgado en una oportunidad para crecer y salvar la relación comercial al centrarse en la tarea y no en la crítica personal.

Escenario 2: Lidiar con los chismes

Ana se entera por su socio que una posible inversora, Sofía, ha estado poniendo en duda en privado sus posibilidades de éxito. Ana se siente frustrada y herida, y siente la tentación de confrontarla y dejar las cosas claras.

Centrándose en el quién:

Sin pensarlo dos veces, Ana confronta inmediatamente a Sofía en el calor del momento y le dice: —“¿Por qué habla a mis espaldas? ¡Ni siquiera entiende lo que estoy haciendo! 

Esto sólo intensifica el conflicto, con Sofía negándolo y poniéndose a la defensiva, poniendo las cosas tensas para todos.

Centrándose en el qué:

En lugar de confrontar a Sofía por los chismes de pasillo, Ana espera el mejor momento. Elige ignorar el chismorreo y se concentra en hacer su mejor trabajo. En el siguiente discurso de financiación, Ana presenta su progreso de forma clara y segura, garantizando que su trabajo hable por sí solo. Al no dejarse arrastrar de conflictos personales, Ana se mantiene enfocada en sus objetivos y lleva su negocio al siguiente nivel.

Escenario 3: Conflicto en un entorno grupal

Durante una sesión de lluvia de ideas, Roberto sigue interrumpiendo a Lucía, descartando sus ideas e insistiendo en que su enfoque es mejor. Él dice: —“Lucía, no entiendes cómo funciona esto. Aquí lo que necesitamos es la opinión de un experto”.

Centrándose en el quién:

Lucía responde cerrándose y desconectándose de la discusión. Se siente insultada y deja de ofrecer sus opiniones, dejando al grupo sin su valioso aporte.

Centrándose en el qué:

En lugar de tomarse el comentario de Roberto como un ataque personal, Lucía dice: —“Centrémonos en el objetivo principal. Así es como mi sugerencia podría ayudarnos a alcanzar ese objetivo. ¿Qué opinas sobre intentarlo de esta manera? 

Al mantener la conversación centrada en el objetivo compartido y evitar reacciones emocionales, Lucía vuelve a centrar la atención en el tema en cuestión, lo que permite que sus ideas se escuchen sin intensificar el conflicto.

Como puedes ver, “centrarse en el qué” no es un acto de poner la otra mejilla o evitar conflictos. En cada uno de estos casos, la persona que es capaz de mantener la calma y la objetividad se beneficia personal y profesionalmente. La gente que actúa de esta manera, rápidamente se ganará la reputación de ser aquellas personas que son fuertes, determinadas, dedicadas, capaces de sacar las cosas adelante gracias a su esfuerzo porque nunca pierden de vista el objetivo. Esta cualidad puede ser un signo distintivo y valioso por el cual ser reconocido, por ello esta debe estar en tu haber.

Un verdadero Arbegas de habilidades blandas

Ser capaz de centrarse en el qué, es parte de la práctica del pensamiento crítico. Un dato clave aquí es que implica todo el espectro de habilidades interpersonales. Al igual que Arbegas, en un sentido holístico, estas habilidades se combinan para volverse aún más poderosas de lo que son cada una por separado.

Aquí están las siete principales habilidades interpersonales involucradas en la técnica de “centrarse en el qué”:

Regulación emocional

Independientemente de cómo te sientas en tu interior, debes controlar tus emociones en el momento, para que puedas responder con calma.

Escucha activa

Centra toda tu atención en el hablante sin distraerte con tus propios pensamientos. Escucha atentamente todo lo que dice y enfócate en comprender lo que intenta comunicar.

Objetividad en la toma de decisiones

Al tomar una decisión, deja de lado tus opiniones, de esta forma podrás considerar objetivamente los hechos.

Resolución de problemas

Al analizar un problema, descubre las causas para luego, identificar soluciones prácticas.

Dar y recibir comentarios

Al brindar retroalimentación (feedback) procura ofrecer comentarios constructivos que ayuden a mejorar a la persona que los recibe. Descarta por completo la retórica acusatoria o degradante. Esta metodología facilita el poder aceptar lo mismo de los demás con dignidad.

Colaboración y empatía

Toma en cuenta las perspectivas de los demás y motívate a trabajar en conjunto con compasión, cortesía y auténtica solidaridad.

Resolución de conflictos y comunicación asertiva

Ante cualquier evento conflictivo, describe la situación de forma diplomática pero clara para poder identificar los posibles caminos a seguir.

Si no dominas o no cuentas con estas habilidades subyacentes, al principio probablemente te resultará bastante difícil centrarte en el qué. Sabiendo esto, a continuación te dejamos unos pasos que fortalecerán tu habilidad para ayudarte a avanzar.

Cinco sencillos pasos

En el calor del momento, centrarte en el “qué” puede ser mucho más difícil de lo que suena. Cuando algo toca el orgullo, el esfuerzo o la identidad, reaccionar es casi automático.

Si eso te pasa, no significa que no seas profesional ni que “no sepas manejarte”. Significa que estás entrenando una habilidad que solo se consolida con uso repetido, no con intención.

Puedes volver a estos pasos cada vez que lo necesites. No están pensados para aplicarse perfecto, sino para ayudarte a bajar la intensidad y recuperar foco.

Una secuencia posible para esos momentos:

1

Haz una pausa y reflexiona.

Antes de responder, crea un pequeño espacio. Respirar, bajar el ritmo y no contestar de inmediato ya cambia la conversación.

2

Aclara el objetivo.

Vuelve al problema que hay que resolver. Confirmar qué está en juego ayuda a que la atención se desplace del quién al qué.

3

Haz preguntas basadas en hechos.

Preguntas como “¿qué necesitamos para avanzar?” mantienen la conversación en terreno práctico y reducen la carga personal.

4

Utiliza declaraciones en primera persona.

Hablar desde tu perspectiva, sin acusar, permite señalar lo que ocurre sin escalar el conflicto.

5

Busca soluciones, no culpables.

Cambiar la pregunta a “¿cómo resolvemos esto?” abre espacio para colaboración, incluso cuando hay tensión.

Deshacer años de hábito lleva tiempo. Habrá conversaciones donde te des cuenta tarde, o donde no logres aplicar nada de esto. No pasa nada. Cada intento cuenta. Con repetición, tu cerebro va creando nuevas rutas, y centrarte en el “qué” se vuelve cada vez más accesible — incluso en situaciones difíciles.

Sin conclusiones

Las dinámicas entre personas rara vez siguen una línea recta. Se ajustan, se desajustan y se vuelven a mirar más adelante.

No hace falta llegar a una conclusión ni definir nada ahora. Muchas veces, entender el patrón ya es suficiente por el momento.

Esto puede quedarse abierto y retomarse cuando la situación lo pida.

Claridad

Sin rodeos, sin ruido.

Acompañamiento

Contigo en el proceso.

Transparencia

Lo que ves es lo que hay.